F O R M E N T E R A, ¡ALLÁ VAMOS!

Todavia recuerdo la primera vez que aterricé en Formentera. Habia visto unas fotos de una amiga que habia estado allí y no podia dar crédito que un lugar así estuviera más cerquita de lo que pensaba. Se me quedó grabado el color azul turquesa del mar, su transparencia, la arena tan fina de la playa, la luz, el sol cegador, la blancura nuclear de las casas en contraste con el azul eléctrico de las ventanas. Me dije: "yo tengo que ver ese lugar". No tardé muchos dias en ir, así soy yo en esencia, dicho y hecho porque a veces las sensaciones se esfuman y no hay que dejar que eso ocurra.

Quiero explicaros lo que sentí cuando puse los pies en aquella arena tan blanca y suave, con trocitos diminutos de coral. Era un sueño hecho realidad de colores brillantes, nunca habia visto un mar tan precioso, los peces jugaban en la orilla y no se asustaban, una mujer leia un libro dentro del mar, solo se oia a la brisa mover las sombrillas, todo guardaba un equilibrio perfecto. Mis amigos se alejaban mientras yo permanecia inmóvil ante aquella maravilla. Me costó un buen rato cerrar la boca de lo impresionada que estaba. Ese momento de entrar en aquel mar azul turquesa con aquella agua tan limpia, no queria salir, me hubiera quedado a vivir dentro de ella, toda mi existencia se reduciria a permanecer allí con los peces y las caracolas.

Así me puse de roja como un cangrejo y eso que mi piel está acostumbrada al sol o estaba. Nunca he visto al sol picar tanto. Los dolores y el picor en todo mi cuerpo me devolvieron a la cruda realidad.
Volví una segunda vez a aquel paraiso y aunque tuve las mismas sensaciones no fue lo mismo por culpa de la invasión de turistas que sufre la isla. A ratitos lograba encontrar la paz y la tranquilidad observando a las lagartijas turquesas que viven allí, pedaleando con la bici, dejándome llevar por el aroma de las flores que se mezcla con el olor característico del mar.

Dentro de muy poco estaré otra vez, sin perder detalle de lo que me rodea pero con calma, porque allí todo va a cámara lenta, con la mirada puesta en el horizonte, amaneciendo o atardeciendo, quizás un baño nocturno después de pedalear o un paseo por la arena blanca con trocitos diminutos de coral.

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